
La ciudad está dormida,
se escucha como respira plácida y entregadamente.
La ciudad está sola,
espera ser vivida.
Paso a paso nos internamos en sus callejuelas.
Poco a poco descubrimos sus recovecos.
Nos dejamos guiar por los primeros rayos de sol,
que abren nuestros caminos.
La ciudad despierta generosa y tranquila.
Nos habla de su historia,
nos cuenta un cuento.
La ciudad respira encendida y nos devela su alma.
Nos encontramos en la cima de la Alambra,
Toda Granada resplandece ante nuestros ojos
inquietos.
Desde lo alto divisamos nuestros próximos caminos
y nos lanzamos a más descubrimientos.
Callecitas que se transforman en escaleras,
paredes que hablan
y el gesto casual de un viejecito del lugar.
Aires flamencos y moros impregnan la ciudad que
mixtura tal intensidad cultural
con otros tintes de lejanos pueblos que llegan a
Granada para quedarse.
Y nos quedamos,
en las flores suspendidas en los balcones.
Nos quedamos,
en el cante apasionado de aquel artista que desplegó
sus alas en la noche.
Nos quedamos,
en el parque de Lorca "con miedo a perder la
maravilla"
Nos quedamos en el río,
arteria imprescindible de la ciudad.
Nos sentimos acogidas por el sol que se entrega
profundamente.
Nos asustamos cada vez que en una esquina nos
atrapaba una gitana con sus sombreros y sus rezos.
Nos divertimos siguiendo las rutas de los gatos
granadinos
Emociona su paisaje,
la gente,
los aromas de oriente,
los cantes,
la luna...
Vivimos un tiempo nuevo,
mágico.
De libre andar y descubrir.
Un tiempo sin prisas,
ni penas,
ni glorias.
Un tiempo granada,
el que se dejó vivir,
el que se dejó sentir.
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