
La ciudad, como un río que navega incansable,
Nos conduce por sus laberintos de rostros.
El viaje de la existencia fluye libre por diferentes caminos.
Nuestros ojos se abren al nuevo mundo
con el deseo de que ese acto reflejo
nos otorgue larga vida en tan lejana tierra.
Miradas de despertares nuevos,
llenas de historia y recorridos extraños, diversos.
Nos sabemos diferentes
ante la presencia del otro.
Cada mirada nos regala una vida propia
del rostro que la contiene.
Nos sentimos diferentes
y sin embargo un mismo río atraviesa nuestras vidas.
Circulamos sobre un escenario cotidiano común,
Mixturando el paisaje con diferentes colores vivos.
Estamos lejos de nuestras raíces
pero cerca de lo que antes era lejano, inabarcable.
Invertimos las distancias
e intentamos caminar por espacios nuevos.
El río es más rápido que nuestros pasos débiles.
Aprendemos a sostenernos
y cogemos nuestro propio ritmo, en la melodía nueva.
Somos parte de un ciclo,
que está en permanente cambio.
Reflejamos la posibilidad de mezclar las diferencias
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