Mutar en planta que habita las rocas.
Brotar en ramificaciones estrafalarias.
Rendirse al sol, al viento y a la humanidad que espera.
Notar un crecimiento veloz, enigmático, desconcertante.
Descubrir el entorno radiante en el que convivo.
Cientos de árboles variados,
millones de rocas diferentes,
el río azul verdoso asomando a lo lejos y tentando a mi sed.
Tengo violetas y romeros a mi lado, flores silvestres
y diminutos insectos que se pasean sobre mis ramas.
Disfruto del balanceo de los pinos que me seducen
con su ritmo de viento rabioso.
Mis hojitas se sacuden agradecidas de la música que nace del encuentro con el viento.
Sonrío plenamente desde lo alto de mi montaña.
Los pájaros vienen a visitarme, sobretodo cuando el sol nos cubre de repente.
Los días son tranquilos desde aquí arriba.
Las noches en cambio, sórdidas, heladas, tenebrosas
y sobre todo, solitarias.
Las noches son el lado oscuro del corazón,
que se desangra y anda desolado,
alimentando penas de un pasado mejor.
Mi humanidad requiere del lenguaje,
necesito comunicar mis sensaciones de planta.
Regreso a mi cuerpo des ramificado
y me siento en la misma roca que me cobijó cuando era planta.
Miro a mi alrededor y vuelvo a experimentar
la misma sensación de felicidad que antes.
Solo que ahora decido moverme,
ahora necesito desarraigarme.
Es el momento de desandar caminos
y regresar al pueblo.
Volver volando, bajando, saltando, rodando...
Volver a habitar el suelo de cada día.
1 comentario:
(parece que lo intuyo cuando publicas algo...)
me encantan tus metamorfosis matinales pekena...jijiji
precioso!
y la foto? me suena ese lugar... !)
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